Durante más de un siglo hemos construido la economía sobre una idea muy simple: existe una materia prima, el petróleo, capaz de alimentar casi todo. A partir de ese mismo crudo obtenemos combustibles, plásticos, lubricantes, colorantes, detergentes, fertilizantes, excipientes farmacéuticos, asfaltos y una lista casi inabarcable de productos. El petróleo no es solo energía. Es, sobre todo, una plataforma química que sostiene silenciosamente nuestra forma de producir y de consumir.
Si mañana se detuvieran todos los pozos, el impacto no se limitaría al transporte o a la electricidad. Afectaría a la cadena de suministro de empresas agroalimentarias, cosméticas, químicas, farmacéuticas, de construcción o de limpieza. Esa es la verdadera dimensión del problema: no hablamos de “un combustible”, sino de una materia prima global de la que dependen decenas de sectores.
La pregunta, por tanto, no es si debemos dejar de usar petróleo por razones ambientales (que también), sino si somos capaces de encontrar otra base industrial que ofrezca un nivel similar de versatilidad, pero con un origen diferente. Ahí es donde entran en juego las microalgas.
De recurso fósil a fábrica viva de moléculas
Las microalgas son microorganismos fotosintéticos que llevan millones de años haciendo algo extraordinario: transformar luz solar, dióxido de carbono y nutrientes en biomasa. En esa biomasa encontramos lípidos, proteínas, pigmentos, polisacáridos y una larga serie de compuestos con interés industrial. En otras palabras, cada célula de microalga es una pequeña fábrica de moléculas.
Lo interesante es que esa fábrica es programable. Cambiando la cepa, las condiciones de cultivo o el proceso de extracción, podemos orientar la producción hacia una fracción u otra: más aceite, más pigmento, más proteína, más azúcares complejos. Y, a diferencia del petróleo, no dependemos de un yacimiento concreto: podemos cultivar microalgas allí donde tengamos agua adecuada, luz o energía y una fuente de CO2.
Cuando esta lógica se escala, aparece el concepto clave: la biorrefinería de microalgas. Una instalación en la que la misma biomasa se fracciona en varias corrientes de productos, al igual que en una refinería de petróleo, pero partiendo de un recurso renovable y cultivable.
De la refinería a la biorrefinería: mismas funciones, otro origen
Si miramos sector por sector, la comparación se vuelve muy concreta. En el ámbito de la energía y los combustibles, el petróleo se destila en gasolinas, diésel, jet fuel, LPG o naftas. Desde las microalgas, en cambio, podemos producir aceites que se transforman en biodiésel o en HVO/HEFA, aptos para mezclarse con gasóleos actuales o para convertirse en SAF, el combustible sostenible de aviación. La función es la misma (proporcionar energía), pero el carbono ya no viene de un recurso fósil enterrado durante millones de años, sino de una biomasa cultivada en ciclos de días o semanas.
En el campo de los lubricantes y los fluidos hidráulicos ocurre algo similar. Hoy utilizamos aceites base minerales de origen petroquímico, diseñados para mantener sus propiedades en condiciones extremas. Las microalgas permiten obtener aceites con perfiles de viscosidad y estabilidad muy interesantes, que, correctamente formulados, pueden convertirse en biolubricantes para maquinaria, automoción o equipos industriales. El usuario final ve un aceite que protege su motor o su engranaje; lo que cambia es la historia de origen de ese aceite.
La familia de los plásticos y los polímeros es otro ejemplo de esta transición. Del petróleo proceden materiales como el polietileno, el polipropileno, el PET o el PVC, omnipresentes en envases, textiles y componentes técnicos. La biomasa microalgal puede alimentar la producción de biopolímeros como PHA o PLA y actuar como carga funcional en nuevos materiales híbridos. No siempre se trata de fabricar copias idénticas de los polímeros actuales, sino de diseñar materiales diferentes, compatibles con un modelo más circular y, a menudo, con propiedades mejoradas.
Donde la sustitución resulta especialmente evidente es en el campo de los colorantes y pigmentos. Buena parte de los pigmentos que utilizamos en alimentos, piensos, cosmética o tintas proceden de síntesis petroquímica. Las microalgas, en cambio, son una fuente natural de astaxantina, β-caroteno, ficocianina, luteína, clorofilas y otros pigmentos de alta potencia colorante y funcional. En este caso, la transición ya es visible en el mercado: crece la demanda de pigmentos “naturales” de origen algal que, además de dar color, aportan actividad antioxidante o beneficios para la salud.
La alimentación humana y la nutracéutica son otro territorio donde las microalgas empiezan a ocupar un espacio propio. Muchos complementos actuales se basan en vitaminas y compuestos sintetizados a partir de la química del petróleo. Las microalgas permiten obtener aceites ricos en DHA y EPA (los Omega-3 de cadena larga), proteínas completas, polisacáridos y fibras con propiedades funcionales. Esto abre la puerta a ingredientes para baby food, suplementos de Omega-3 libres de origen marino, proteínas alternativas o matrices de fibra que mejoran la salud digestiva. De nuevo, el consumidor no piensa en petróleo cuando compra un complemento alimenticio, pero la cadena de valor tradicional sí lo hacía; la cadena que viene será cada vez más de origen microalgal.
En el ámbito de los piensos y la acuicultura, la lógica se repite con matices propios. La acuicultura moderna ha dependido durante años de la harina y el aceite de pescado. Las microalgas permiten suministrar el DHA, los pigmentos y parte de las proteínas que antes venían del mar, reduciendo la presión sobre los recursos pesqueros y aportando una materia prima más estable y predecible. Lo mismo vale para piensos de mascotas o ganado, donde las harinas de microalgas se empiezan a explorar como ingrediente funcional.
La cosmética y el cuidado personal ofrecen quizá el ejemplo más llamativo a nivel de marketing. Detrás de muchas cremas, maquillajes, geles o champús hay parafinas, petrolatum, siliconas o filtros UV sintéticos originados en el refino. Las microalgas aportan emolientes de origen bio, compuestos como los MAAs que actúan como filtros solares naturales y extractos antioxidantes con un relato muy potente: ingredientes que nacen de organismos capaces de protegerse de la radiación y de condiciones ambientales extremas. La tendencia hacia fórmulas más limpias y trazables hace que esta línea de trabajo sea especialmente relevante.
El sector agro y medioambiental cierra el círculo. Durante décadas, la agricultura se ha apoyado en fertilizantes NPK de síntesis y en fitosanitarios convencionales. A partir de microalgas podemos obtener biofertilizantes, bioestimulantes y soluciones de biocontrol que mejoran la salud del suelo y la eficiencia en el uso de nutrientes. Y, lo que es más interesante, podemos integrar estos productos en esquemas de valorización de aguas: utilizar efluentes industriales o agrícolas como fuente de nutrientes para las microalgas, producir biomasa y devolver agua regenerada con calidad adecuada para riego u otros usos.
Finalmente, sectores tan dispares como el textil, la farmacéutica, la construcción o la detergencia empiezan a incorporar compuestos microalgales: desde pigmentos para tintes hasta exopolisacáridos con aplicación como excipientes, aditivos para asfaltos o biosurfactantes que sustituyen surfactantes petroquímicos en detergentes. No todas estas líneas están igual de maduras, pero la dirección general es clara: pasamos de una industria apoyada en el carbono fósil a una industria que se construye alrededor del carbono renovable.
Por qué hablamos de “petróleo verde”
Con este panorama, la expresión “petróleo verde” no es solo un recurso de comunicación. Tiene un sentido técnico y estratégico. En primer lugar, porque resume la idea de versatilidad: una única plataforma productiva, la biomasa microalgal, capaz de alimentar muchas cadenas de valor distintas, igual que el petróleo alimenta hoy a toda la petroquímica.
En segundo lugar, porque pone el foco en la flexibilidad. Mientras que un yacimiento de petróleo nos da lo que nos da (con un perfil relativamente fijo que debemos adaptar en la refinería), las microalgas nos permiten jugar con cepas, diseños de cultivo y procesos de fraccionamiento. Podemos orientar una misma instalación hacia combustibles avanzados, hacia pigmentos, hacia ingredientes nutracéuticos o hacia biofertilizantes, en función de la demanda y de las oportunidades de mercado.
Y en tercer lugar, porque introduce una dimensión económica y geoestratégica que va más allá del discurso ambiental. Una economía que depende de unas pocas regiones productoras de petróleo es una economía estructuralmente vulnerable a la volatilidad de precios, a las tensiones geopolíticas y a las interrupciones de suministro. Desarrollar capacidades industriales basadas en microalgas significa poder producir, en nuestro propio territorio, parte de los ingredientes y materiales que hoy importamos en forma de derivados del crudo. Es una apuesta por la autonomía industrial y por la creación de valor añadido local.
La sostenibilidad ambiental es una consecuencia importante (ciclos de carbono más cortos, mejor gestión del agua, posibilidades de integrar captura de CO₂ y biorremediación), pero no es el único argumento. Las microalgas tienen sentido también desde la lógica de negocio y de competitividad.
Qué estamos construyendo
En THODO hemos decidido situarnos en el cruce de todas estas tendencias. Entre Aragón y Navarra, estamos desarrollando una bioplataforma basada en tres grandes protagonistas: spirulina, haematococcus y schizochytrium. Cada una aporta algo distinto a esta idea de “petróleo verde”.
La spirulina nos ofrece una biomasa rica en proteínas, pigmentos como la ficocianina y compuestos de interés para alimentación, nutracéutica y, en el futuro, también para aplicaciones técnicas. La haematococcus es nuestra puerta de entrada a la astaxantina, un pigmento antioxidante de altísimo valor demandado por la nutracéutica, la acuicultura y la cosmética. Y schizochytrium es la pieza clave para producir aceites ricos en DHA y, al mismo tiempo, aceites adecuados para procesos de HVO/HEFA y, potencialmente, para SAF.
Sobre estas cepas estamos diseñando un ecosistema que combina raceways, fotobiorreactores y grandes fermentadores, junto con laboratorios de investigación, unidades de extracción y líneas específicas para la valorización de aguas industriales y agrícolas. Nuestro objetivo no es producir un único producto, sino demostrar que una instalación de microalgas puede comportarse como una biorrefinería multiproducto, capaz de abastecer a sectores tan distintos como la alimentación, la cosmética, el agro o la química avanzada.
Lo hacemos, además, buscando modelos de colaboración con empresas que ya operan en esos sectores. Para algunas, las microalgas serán una nueva fuente de ingredientes; para otras, una solución de servicio ligada a la regeneración de aguas y la reducción de costes operativos; para muchas, probablemente, las dos cosas a la vez.
Mirando hacia delante
El petróleo no desaparecerá de un día para otro y sería ingenuo pensar lo contrario. Pero también sería ingenuo ignorar que el modelo actual está cambiando: por regulación, por presión de costes, por percepción social y, sobre todo, por necesidad de resiliencia. En ese contexto, las microalgas no son una curiosidad de laboratorio, sino una de las plataformas más prometedoras para reconstruir, poco a poco, la base material de nuestra economía.
Nuestro trabajo en THODO consiste precisamente en eso: en convertir el potencial técnico de las microalgas en capacidad industrial real, en proyectos concretos con empresas reales y en una nueva forma de entender la relación entre recursos, tecnología y territorio.
Cuando hablamos de microalgas como “petróleo verde”, no estamos hablando de un eslogan. Estamos hablando de una apuesta muy seria por reescribir, desde aquí, cómo se producen muchos de los materiales, ingredientes y moléculas que utilizamos cada día. Y estamos convencidos de que la ribera de Navarra puede ser uno de los lugares donde esa historia empiece a hacerse realidad.